Nuestra Señora de la Piedad: Origen iconográfico y teológico de su devoción

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Michelangelo Buonarroti, Piedad del Vaticano, 1498-1499.

Numerosas son las advocaciones que a lo largo de la historia se han ido fraguando en torno a la figura de la Virgen María como Reina y Madre de Cristo, muchas de las cuales dan nombre a gran parte de las imágenes titulares de las diversas hermandades y cofradías. En este sentido, la advocación de “Piedad” adquiere una connotación emocional para nuestra hermandad salesiana al ser el título que recibe nuestra amantísima titular mariana, cristalizando de esta forma la figura de María como madre compasiva y misericordiosa de sus fieles, dispuesta a servir a la causa de Dios.

Así, la piedad de María ha sido uno de los temas esenciales tratados en el seno de la Iglesia Católica y en los creyentes que, fruto de su fe por la Santísima Virgen, enriquecieron su figura con numerosas advocaciones, resaltando el carácter maternal y misericordioso de la misma, dando sentido así al título de “Piedad”. Esto permite comprender el interés que el arte cristiano ha tenido por la representación de la compasión de la Virgen, incidiendo en la naturaleza piadosa de María, desarrollando como consecuencia esta advocación devocional que hunde sus raíces en las órdenes religiosas y que en la Edad Media, concretamente hacia mediados del siglo XIV, eclosionó.

Aun así, debemos matizar que el tema de la piedad de María ya comenzó a ser tratado, a pesar de recibir un notable auge en la Edad Media como decíamos, en el mundo oriental, siendo testimonio de ello las múltiples homilías que profundizaban en la clemencia, piedad y misericordia de María, en los que se apelaba a su protección hacia el siglo VI d.C, caracterizado por un contexto socio-político complejo desde la óptica bélica que justifica la aclamación hacia la Virgen de la Piedad que tiene compasión por sus hijos.

Por su parte, la Iglesia de Occidente trató dicho tema con posterioridad, contribuyendo a su total difusión por la Europa del medievo a partir del siglo X, siendo muy influyente para la introducción de la advocación de “Piedad” la traducción y edición de algunos homiliarios bizantinos, en los cuales ya se hacía alusión de manera implícita al título de “Mater misericordiae”, aplicado a María como madre misericordiosa y llena de piedad.

A partir de entonces, a lo largo de la Edad Media, en el seno de la religiosidad popular, el tema de la piedad de María alcanzó un notable desarrollo, poniendo de relieve la veneración de los fieles hacia la Virgen compasiva de sus hijos, resaltando en este aspecto su papel como madre e intercesora. Debemos tener en consideración que en este mismo contexto comenzó a meditarse, en el seno de las diversas órdenes religiosas que proliferaron a lo largo de las centurias medievales, sobre la Pasión de Cristo, y de forma paralela, la compasión de María.

Sin embargo, aun teniendo estos antecedentes, debemos subrayar que la extensión de la devoción a la Virgen de la Piedad en Occidente como hacíamos alusión se vincula a los monasterios cluniacienses, quien impulsaron la devoción por esta advocación, provocando a su vez el desarrollo de toda una liturgia que tuviera como eje central la concepción de María como madre de piedad que comenzó a cobrar importancia a partir de los siglos X y XI, acentuándose la naturaleza misericordiosa de María respecto de los fieles.

Todo ello condicionó que a lo largo del siglo XII se constituyeran diversas cofradías marianas en torno a esta advocación, difundiéndose por toda Europa, incrementándose la devoción a Nuestra Señora de la Piedad a partir la segunda mitad del siglo XIII, fruto de las oleadas de peste que asolaron la sociedad europea.

Fig. 1: Anónimo, La Piedad, finales s. XV (Valladolid)

A este respecto conviene destacar que precisamente es en este contexto del siglo XIII cuando comenzó a desarrollarse este tema iconográficamente tal y como lo asociamos en la actualidad, a pesar de tener su primera inspiración en la poesía, concretamente en los “Monólogos” o canciones de origen oriental que fueron traídas por los cruzados a Europa, que culminaría en el “Stabat Mater”. Así, la piedad de María, tan arraigado en el seno de la Iglesia por entonces, comenzó a representarse mediante la forma tradicional desde el punto de vista iconográfico en el que Cristo aparece en el regazo de su madre, ilustrándose a lo largo del siglo XIV en las miniaturas de algunos manuscritos.

Así, este tema alcanzó una notable importancia, cristalizándose en las diversas reflexiones teológicas expuestas hasta el momento, así como desde el punto de vista artístico tal y como hemos comentado. De esta forma, en el devenir del siglo XIII como puntualizábamos, un importante hagiógrafo como Jacopo de la Vorágine, impulsó a su vez la devoción a la Virgen de la Piedad, basándose para ello en el Evangelio de San Juan donde la describe erguida soportando su inmenso dolor ante la muerte de Cristo.

Ello condicionó la multiplicidad de obras que nutren el panorama artístico de este contexto medieval y que profundizan en este tema iconográfico de la Piedad, alcanzando gran importancia tanto en el plano escultórico como pictórico fundamentalmente en Italia, Alemania y Francia, puesto que hasta el siglo XIV no llegó a desarrollarse en España. Si bien hemos de tener en consideración que la tipología de la Virgen de la Piedad se extendió desde Alemania y Francia al resto de Europa, constituyendo dos núcleos artísticos exponenciales.

Fig. 2: Rogier van der Weyden, Piedad, 1441

En esta línea, el tema de la Piedad siguió una evolución iconográfica desde este siglo XIV al XVI, destacando desde el punto de vista artístico la influencia del estilo internacional en la representación de este tema en torno a las centurias del siglo XIV y XV, donde la Virgen comenzó a reflejar su dolor ante la muerte de su hijo de una forma más contenida (fig. 1), resultando esencial para la difusión de estos temas los libros de miniaturas, enriqueciéndose dicho conjunto de la Piedad a partir del siglo XV con la incorporación de otros personajes como San Juan, María Magdalena, etc (fig. 2).

Llegados a este punto, ya en el Renacimiento, y fruto de la influencia y directrices del Concilio de Trento, el cual ejerció un papel fundamental en el desarrollo de la Iglesia por entonces, se produjo toda una eclosión de la devoción y los libros marianos en los cuales se destacó precisamente el carácter piadoso de María, incidiendo en la compasión que tuvo de Cristo durante su pasión, de ahí que el culto a la Virgen bajo la advocación de Piedad tuviese tanto arraigo, propagándose entre los fieles y en muchos conventos y monasterios.

Fig. 3: Tiziano, Piedad, 1573-1576

Ello justifica que el tema de la Piedad alcanzase un desarrollo esencial en el escenario artístico, acogiéndose de nuevo al modelo de la Madre que acoge en sus brazos a su hijo muerto tras ser descendido de la cruz, vislumbrando su compasión como madre tanto de Cristo como de sus fieles tal y como hacíamos alusión, siendo objeto de interés para muchos artistas del Renacimiento que recogieron entre sus repertorios iconográficos este tema (fig. 3).  En el caso de España, fruto de las diversas obras devocionales de oratorios privados, así como por la difusión de grabados y estampas comercializados a través de ferias y la trascendencia de dicho tema en la decoración monumental de instituciones monásticas promovidas por órdenes religiosas para fortalecer, valga la redundancia, la devoción y piedad popular, el tema de la piedad de María alcanzó un notable éxito.

Fig. 4: Pedro Nuñez de Villavicencio, Piedad con Magdalena, segunda mitad s. XVII

Ello justifica que en el siglo XVII se continuase con el desarrollo de este modelo iconográfico (fig. 4), siendo un tema que se adaptó perfectamente a las normas emanadas del Concilio de Trento, concibiéndose como una de las iconografías pasionarias que más fervor gozó en la Iglesia.  Sin embargo, hacia finales del siglo XVIII y durante todo el siglo XIX, la concepción de María como madre de piedad y misericordia y su cristalización en el arte sufrió un cierto retroceso, motivo por el que encontramos escasas referencias litúrgicas y artísticas que hagan alusión a este tema. Lo cierto es que ya entrados el siglo XX, al igual que en la actualidad, el culto a la Virgen María bajo la advocación de “Piedad” constituyó uno de los referentes esenciales en el ámbito eclesiástico y sobre todo cofrade, enriqueciéndose iconográficamente el culto a la Santísima Virgen derivando en numerosas imágenes que, con diferencia de matices, respondían al motivo religioso del dolor de María.

Fig. 5: Juan de Mesa y Velasco, Nuestra Señora de las Angustias, 1627

Por este motivo, aunque la historiografía artística refleja que la mayor parte de las imágenes que representan el tema de la “Piedad” sigan el modelo de Cristo en el regazo de su madre (fig. 5), fruto del ciclo y culto de pasión marianos, asistimos a una proliferación de este tema devocional que también se desarrolla bajo la figura de la Virgen dolorosa, siendo numerosas las advocaciones de imágenes titulares que son una variante de la piedad de María que a su vez es extensión de la Madre Dolorosa. En el caso de nuestra hermandad, la Virgen de la Piedad recoge el sentir de la compasión como Madre de Dios tanto por su hijo, entregado en el monte de los olivos, constituyendo el arranque de todo el ciclo pasionista, así como por el resto de sus fieles devotos.

En este sentido, advocaciones como Virgen de la Quinta Angustia, Nuestra Señora de las Angustias, Santísima Virgen de la Misericordia, frecuentes en el escenario cofrade, o Nuestra Señora de la Piedad (fig. 6), como es el caso de nuestra titular mariana, recogen ese sentir misericordioso y piadoso de la Santísima Virgen, que a lo largo de la historia se fue fraguando por parte del pueblo cristiano que acudía a ella en momentos de inestabilidad de índole socio-político fundamentalmente. Así, la Iglesia acogió y desarrolló iconográficamente para fundamentar y mostrar la figura de María como intercesora del pueblo cristiano, reforzando el carácter maternal de la misma.

N.H.D. Javier Espejo Ramírez 

Prioste segundo y estudiante del doble grado en Historia e Historia del Arte

Fig. 6: Juan Martínez Cerrillo, Nuestra Señora de la Piedad, 1957-1958

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