El arte efímero en las hermandades: Altares de culto

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Triduo en honor a Nuestra Señora de la Piedad, Hermandad del Prendimiento, Córdoba, 2019 (Fotografía: Alberto Espejo)

Las construcciones efímeras constituyen uno de los hitos más interesantes de la arquitectura española durante la Edad Moderna, desempeñando un papel socio-político y artístico esencial. Precisamente, desde principios del siglo XVI hasta finales del XVIII, en España eran dedicadas a la exaltación del poder triunfante de las monarquías, así como del esplendor victorioso de la Iglesia Católica. Por similitud formal y funcional a esas obras, que servían para enaltecer el poder político y religioso, debemos resaltar los altares de culto que las distintas hermandades y cofradías erigen en honor a sus Titulares de manera anual.

Es preciso señalar que ya desde el Renacimiento estas provisionales edificaciones, utilizadas como hacíamos referencia con motivo de las celebraciones solemnes de carácter colectivo, eran levantadas con la intención de crear un vistoso escenario que durase el corto tiempo de las ceremonias para las cuales habían sido concebidas, pretendiendo causar admiración en todos aquellos que las contemplaban, a la usanza de los altares de culto que coetáneamente comenzaban a alcanzar un gran desarrollo en el panorama de las cofradías.

Altar de Quinario en honor a Nuestro Padre Jesús, Divino Salvador, en su Prendimiento, Hermandad del Prendimiento, Córdoba, 2017 (ABC Córdoba)

Pero sería con la llegada del Barroco, debido a esa inclinación por la rica ornamentación y el valor de lo espectacular que nutría el panorama artístico de este momento, cuando lograrían un gran crecimiento a lo largo de los siglos XVII y XVIII. Todo ello dio lugar a lo que conocemos como arte efímero, considerado como un género creado dentro del contexto barroco y la manifestación más compleja de la integración de las artes del mismo.

De esta manera, extrapolándolo al ámbito propiamente cofrade, las distintas hermandades también comenzaron a fomentar este tipo de arquitecturas cristalizándose en sus majestuosos altares de culto, con el fin de proporcionar un escenario digno para la celebración del culto en honor a sus Titulares, atrayendo de una manera directa a los fieles, admirados por la suntuosidad de los mismos, como ocurre a día de hoy.

Resulta curioso incidir en las raíces de este arte efímero que como decíamos alcanza un notable desarrollo a partir del siglo XVII en España, vinculado al contexto de debilidad socio-económica que atravesaba la Corona por entonces, motivo por el que, dada la incapacidad de muchos mecenas por proyectar obras arquitectónicas dado el gran desembolso de dinero necesario para su realización, optaron por realizar este tipo de construcciones. Así, el aparato decorativo de dichas arquitecturas ficticias sirvió fundamentalmente para animar a la España del siglo XVII que atravesaba uno de sus momentos más decadentes en el plano social y económico. 

Por ello, los diversos acontecimientos extraordinarios o solemnes no se concebían a partir de entonces sin el despliegue de los ornamentos adecuados y de las arquitecturas efímeras específicas, buscando despertar admiración de los espectadores. Por ello, las hermandades se sumaron a esta tendencia, persiguiendo una clara función de ostentación reflejándose en el montaje de sus altares. Así las cosas, desde el Concilio de Trento las hermandades se afanaron en dotar a sus cultos del máximo realce posible como parte de la respuesta a la reforma protestante, a lo que se unió la potenciación de la liturgia. En este sentido, la Iglesia apostó por acentuar su personalidad frente a las amenazas protestantes, jugando las hermandades un papel clave, no sólo porque aumentaron en número, sino porque llevaron al culto interno y externo todos los valores que desarrolló dicho concilio.

A partir de ese momento los altares comenzaron a enriquecerse, fruto precisamente de la posición y situación próspera que la Iglesia adoptó a partir del triunfo de Trento y la Contrarreforma. A colación de ello, debemos matizar que entramos en una cierta confusión si atendemos a los preceptos propios de Trento, ya que la pretensión del mismo era acercar la imagen al fiel a través de un lenguaje austero, y no barroquizante como solemos asociar. Esta cuestión sigue siendo objeto de debate entre los propios historiadores del arte, aspecto que abordaremos en otra ocasión referente al papel de las hermandades y cofradías en la configuración de su propia estética analizando los preceptos de Trento, pero conviene tenerlo en consideración.

Al margen de ello, lo que si es cierto es que las hermandades dotaron de una gran ostentación a sus altares, dando forma paulatinamente a la celebración de sus cultos a través de Novenas, Quinarios, Septenarios y Triduos. Esto justifica que en la propia documentación histórica que comienza a acrecentarse a partir de este momento se aluda a un importante gasto relativo a estos altares de culto, indicándonos la trascendencia de los mismos, ganando en opulencia a través de elementos fundamentales como telas, plata, candeleria, etc. fundamentalmente a lo largo de los siglos XVII y XVIII.

De esta manera, las hermandades procedían anualmente al montaje de estos altares, convirtiéndose en una práctica constante que fue mermando a partir del Concilio Vaticano II, en la segunda mitad del siglo XX, cuando gran parte de estos altares fueron relegados a un segundo plano, constituyendo una auténtica ruptura con la exuberancia barroca que los caracterizaba, e incluso desapareciendo en algunos casos.

Altar de Triduo en honor a Nuestra Señora de la Piedad, Hermandad del Prendimiento, Córdoba, 2018 (Andrés Fresno)

Así, las hermandades asistieron a un momento de crisis en el montaje de sus altares, resaltando además la influencia de la reforma litúrgica derivada de la constitución “Sacrosanctum Concilium” emanada de dicho concilio que tuvo su consecuencia también en el desarrollo de dichos altares, los cuales pasaron en la mayoría de las ocasiones a erigirse en capillas o en laterales durante los actos propiamente de culto. En cierta parte, si bien los cultos se enriquecieron con la celebración litúrgica fruto de dicha reforma, muy pocas imágenes a partir de entonces gozaron del privilegio de ocupar un lugar en un lado del presbiterio y menos el centro del altar mayor. A este respecto, la causa que justifica esta situación estribó en la consideración de que estos altares distorsionaban el sentimiento de piedad del fiel al distraer su atención.

Sin duda, no sería hasta la década de los 70 cuando comenzó de nuevo a producirse el florecimiento de estos altares, momento en que numerosas hermandades experimentaron un auge económico y humano que les permitió afrontar diversos gastos alusivos al montaje de los mismos, caracterizándose por la magnificencia en tamaño, exorno floral, candeleria, etc. Esta trayectoria fue perdurando hasta la actualidad, resultando un ejemplo clarificador los altares de culto que durante los meses de Cuaresma y septiembre se levantan en el altar del Santuario de María Auxiliadora en honor a nuestros amantísimos Titulares.

Triduo en honor a Nuestra Señora de la Piedad, Hermandad del Prendimiento, Córdoba, 2019 (Alberto Espejo)

En este sentido, concebimos dichos altares siguiendo en muchos casos la estética de las centurias anteriores, dando lugar a auténticas ofrendas arquitectónicas con doseles que refuerzan la realeza y majestuosidad de Nuestro Padre Jesús, Divino Salvador, en su Prendimiento y Nuestra Señora de la Piedad respectivamente, objetivo primordial que perseguimos en la vocalía de priostia de nuestra hermandad. Así, la cera y la flor constituyen dos elementos esenciales en estos montajes, aludiendo la flor a la pureza de Cristo y María, mientras que la cera nos indica un lugar de manifestación divina, rememorando esa revelación de Dios a través de la zarza ardiente ante Moisés: Y se le apareció el ángel del Señor en una llama de fuego, en medio de una zarza; y Moisés miró, y he aquí, la zarza ardía en fuego, Entonces dijo Moisés: Me acercaré ahora para ver esta maravilla. Cuando el Señor vio que él se acercaba para mirar, Dios lo llamó de en medio de la zarza, y dijo: ¡Moisés, Moisés! Y él respondió: Heme aquí (Éxodo, 3).

Altar de Quinario en honor a Nuestro Padre Jesús, Divino Salvador, en su Prendimiento, Hermandad del Prendimiento, Córdoba, 2020 (Alberto Espejo)

En cierta parte los fieles nos postramos ante Cristo, el Hijo de Dios, y su bendita Madre, dando importancia a esa connotación teológica que envuelven estos monumentales altares de culto. Resulta curioso, además, centrándonos en la celebración propia de los cultos, cómo el formato de los mismos no ha variado a lo largo del tiempo, llevándose a cabo durante la noche salvo las funciones principales y fiestas de regla. Ello se remonta ya con anterioridad a la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II que hacíamos alusión, momento en que la Eucaristía se celebraba por la mañana, motivo por el que solo se comulgaba en las funciones principales y fiestas de regla, y dado que los cultos no incluían Eucaristía, las diversas cofradías, para fomentar la asistencia de los fieles, además de engalanar sus altares, invitabas a los oradores más reconocidos.

En síntesis, como apuntábamos al inicio, las hermandades y cofradías han continuado a lo largo de los siglos esta práctica en cuanto a la celebración y montaje de los altares de culto con el fin principal de mostrar la fe que los hermanos profesan a sus Titulares, recogiendo la tradición barroca que impregna la estética de muchas de las mismas. Por tanto, los altares de culto constituyen un elemento trascendental en la vida de las cofradías, donde todos los elementos cobran sentido a nivel iconológico y teológico, dentro de la dimensión estética que envuelve a estos altares, mostrando una auténtica catequesis a través del culto, intención de toda hermandad, continuadora de las enseñanzas de Cristo: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación (Marcos 16, 15-18).

N.H.D. Javier Espejo Ramírez 

Prioste segundo y estudiante del doble grado en Historia e Historia del Arte

Bibliografía:

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  • BONET CORREA, A. “La arquitectura efímera del Barroco en España” en Norba: Revista de arte, geografía e historia, nº13, Universidad de Extremadura: Servicio de Publicaciones, 1993, pp. 23-70.
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  • MORENO CUADRO, F. Arte efímero andaluz, Universidad de Córdoba: Servicio de Publicaciones, Córdoba, 1997.

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